Dos comienzos

 

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La primera de la temporada. Foto de J.R. Rodríguez “Argibay”

 

INICIO DE TEMPORADA
19/03/2017, día de San Argi


El Miño no estaba muy pescable, que digamos. Sólo había un hueco de unos treinta metros frente al balneario de Outariz, y hasta allí me fui a eso de las 16:30. Monté un par de ahogadas, y estiraba un poco de línea en el agua para lanzar cuando, a unos seis metros de mí, nos pegamos un buen susto una trucha y yo. La tía, que no me había visto, se tiró como una fiera a por una de mis moscas ahogadas que estaba flotando. Me bajó la caña casi hasta el agua, pero no se clavó.
Lanzando de través aguas abajo, pesqué muy despacio la rasera hasta la zona donde la corriente ya tenía demasiado tiro. No hubo más picadas y volví a la orilla, donde me senté durante una hora para disfrutar de la calidez de la tarde.
A eso de las 18:45 vi bañarse una trucha grande, a tiro, pero creo que reaccioné muy lento porque dejé transcurrir unos cinco minutos, y al pasar por allí con las moscas no hubo picada ―con estas truchas que se bañan, si el lance es inmediato las probabilidades de cogerlas suelen ser muy altas.
Poco después vi cebarse una, que no me pareció grande, a una decena de metros. Recogí línea, y a la primera pasada la pinché con la mosca de arriba. Era pequeña pero muy peleona. Decidí hacerle una foto, y en eso estaba cuando vi a un chavalín de unos 7 años que venía hacia la orilla atravesando la maleza. Con más cuidado venía, detrás, su padre.
Le dije al crío que esperara allí, en la orilla, y después de la foto le llevé la trucha metida en la sacadora, por el agua. La desanzuelé y lo invité a soltarla, cosa que hizo muy contento. Su padre me dijo que al chaval le gustaba mucho ver a los pescadores, y le dije que esperaba que algún día llegara a ser un buen pescador. En fin, fue un rato muy agradable y gratificante.
Volví a la postura, se cebó otra trucha y ésta tambien me cogió la ahogada. Era un poco más grande que la anterior. Luego, con el sol ya oculto tras los montes se cebó otra varias veces. Cambiaba de posición cada dos cebas y estoy seguro de que vio las moscas, pero no hizo por ellas. ¡Ésta era más lista!
Me fui para casa a las ocho. Con el río un poco más bajo habría podido pescar toda aquella gran rasera, pero será en otra ocasión. No estuvo nada mal, para empezar…

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El Miño el día de San Argi

 

PRACTICANDO LANZADO
03/10/2017


Durante la veda, muchos cuelgan la caña definitivamente; otros se dedican a otras especies pescables y desvedadas: ciprínidos, lucios, basses…, lo importante es molestar a los peces y no perder el instinto pescador. Otros se dedican al montaje de moscas, y una minoría se dedican a la práctica del lanzado. Me siento miembro de esa minoría, sin desdeñar alguna salida que otra a los barbos, bogas y basses.
Cuando pasaba por la zona del Tintero en busca de truchas que estuvieran tomando caenis por la mañana, no dejaba de echarle un vistazo a la pradera que hay pocos metros antes de llegar a aquella fuente de aguas medicinales, y considerar las posibilidades que tendría para practicar lanzado allí durante la época de veda. Los enormes sauces llorones y castaños de Indias que siguen creciendo en esa pradera ―ya estaban allí cuando yo tenía ocho años― limitan un poco el espacio, y digamos que en ese campito se sentirían algo incómodos lanzadores como Paul Arden o Steve Rajeff, pero su tamaño es más que suficiente para un lanzador que no quiera ―o no pueda― alcanzar muy largas distancias; y mis objetivos, en principio, son también limitados: practicar el control del bucle a diferentes distancias medias, los lances de presentación, y experimentar con algunos estilos de lanzado diferentes del mío. Para ello cuento con abundantes videos y tutoriales en Internet, y aunque el inglés no es mi especialidad ―la inmensa mayoría de ellos están en ese idioma―, creo tener preparación suficiente como para descubrir las claves de las técnicas que me interesan. El tiempo dirá si esto es así…
Ayer tuve mi primera tarde de prácticas, que consistió en un primer contacto con el terreno para ver qué zonas eran más adecuadas para cada tipo de lance. También quería ver si el nuevo alumbrado público me serviría para practicar de noche, pues los días ya son bastante cortos y hay que aprovechar todo lo que se pueda.
Como material para empezar, llevé la Sage RPL de 8,5 pies línea 5 y una línea del 6 amarilla, creo que una WF de la casa Rio. Pronto descubrí que, como la puntera de esta caña es extremadamente sensible, la línea del 6 la sobrecarga un poco y no hay que aplicar demasiada energía al lanzar.
Empecé lanzando a unos 15 metros con bucles muy estrechos y rápidos, y cuando pude clonarlos durante unos diez minutos, comencé a intentar hacerlos más lentos e igualmente estrechos. Ahí ya aparecieron algunos bucles cruzados porque al principio no conseguía ajustar la energía con la longitud del golpe de lance, que tenía que ser más largo y suave.
Pero las cosas fueron saliendo a fuerza de corregir y repetir. Por supuesto, aún me queda mucho trabajo por hacer para que todo salga razonablemente bien a la primera.
Mi segundo ejercicio fue ampliar y reducir la ancura del bucle a medida que iba lanzando la misma longitud de línea ―por cierto, por momentos me parecía mucha línea 15 metros para empezar, pero me sentía cómodo con ella―. En ésta y otras temporadas, pude comprobar lo importante que es el control de la anchura del bucle cuando se usan estrímers, y más aún lanzando con un viento que viene por la mano lanzadora.
El tercer ejercicio consistió en sacar unos veinte metros de línea del carrete, e ir lanzando: primero con poca línea y repitiendo los dos ejercicios anteriores; cuando éstos salían bien con regularidad, soltaba un metro y medio de línea y los repetía, hasta que acababa volando unos 18 metros de línea… ¡y las dificultades crecían en consonancia!
En esto estaba cuando aparecieron por allí mi hija y su señora madre, que habían salido a caminar. Se sentaron a descansar en uno de los bancos de piedra, mientras yo seguía con mis ejercicios. Con la excusa de tomarme también un respiro, invité a mi hija a que hiciera unos lances. Al principio se negó.
― Yo no tengo ni idea de eso… ―dijo.
― En diez minutos la tendrás ―respondí.
― ¿Y si te rompo la caña? ―preguntó, echándome una mirada aviesa.
― No me la romperás.
― Bueeeno…
Se puso a mi lado y empuñó la caña como si fuera una margarita recién recogida del prado.
― Empúñala con firmeza, tal como me has visto hacer a mí ―le dije.
La cogió un poco más fuerte, pero con algo de aprensión. Empezó a moverla adelante y atrás, creando unos perezoísimos y anchos bucles mediante un buen juego de muñeca.
Cogí la caña, y le pedí que se fijara una vez más en mi forma de empuñar y mantener la muñeca firme. Le expliqué el símil de la manzana pinchada en un palo que queremos que salga disparada hacia adelante, y me dijo que lo entendía bien.
Cogió la caña, y esta vez los lances le salieron un poquito mejor, pero aún le sobraba juego de muñeca.
― ¿Has tirado dardos alguna vez? ―le pregunté.
― Sí; un par de veces, pero no resulté ser una gran tiradora.
― Y… ¿los dardos se pueden tirar con la muñeca floja? ―insistí.
― No; es más bien cosa del antebrazo ―admitió.
― Lanza entonces pensando en la manzana y en el dardo.
Lo hizo. Los lances mejoraron otro poquito, pero ahora la lana tropezaba con la unión de la línea y el bajo de línea ―estaría volando unos seis o siete metros.
Le recomendé que describiera una pequeña elipse con la puntera de la caña, y lo intentó, pero yo sospechaba que la clave estaba en mantener la muñeca firme. Le pregunté:
― ¿Podrías clavar un clavo en la pared moviendo sólo la muñeca?
― ¡No! ¡Acabaría dándome con el martillo en los dedos! ―dijo riéndose.
― Cuando lances, piensa en el martillo. La empuñadura de la caña es el mango del martillo, y la puntera de la caña es su cabeza.
Nada más empezar a lanzar, le salieron unos bucles delanteros casi perfectos. ¡A mí se me caía la baba!
En ese momento, a su madre le entró prisa por continuar el camino a casa, y, por no dejarla sola, mi hija se fue con ella.
Seguí con lo mío. Empecé haciendo una serie de lances traseros sometiendo a la caña a una muy intensa aceleración y una parada muy brusca, lo que daba como resultado un bucle afiladísimo y una línea muy tensa en toda su trayectoria trasera. El lance delantero era más suave y, después de tres o cuatro falsos lances, terminaba con un disparo de línea. Me interesaba en particular el lance trasero, pues mi intención era, en próximos días y ejercicios, ir volando cada vez más línea, utilizando esta misma técnica para conseguir unos buenos lances de distancia.
Estos últimos ejercicios los hice ya con noche cerrada, y comprobé que el alumbrado público iba de cine para ver la evolución de los bucles sobre el fondo oscuro de los árboles y de la noche. ¡Sin duda se veían mucho mejor que de día!

Mientras lanzaba con las últimas luces, un par de truchas grandes estaban cebándose muy cerca de la orilla. ¿Cómo se enteran de que estamos en la veda?

José Ramón Rodríguez
Argibay

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