Unas Horas Con La Harmony

La Harmony

 

 

UNAS HORAS CON LA HARMONY *
01/04/2017


El sábado por la tarde bajé al río. La mañana la invertí en trasegar buena parte del vino en la aldea; bajé a comer en casa y luego me eché un rato a leer y reposar. 
No habría leído tres páginas cuando me quedé dormido. Al despertar, pensé que la siesta había sido de veinte minutos o así, pero fue de una hora y media: ya eran las cinco menos cuarto de la tarde. La cosa tenía cierta lógica, porque me había levantado temprano y estaba algo cansado.

A las cinco miré la página web de la Confederación, y vi que el Miño estaba bajo. Cogí los trastos con calma y decidí llevar la Harmony hasta la postura del sauce. Si había ya alguien ―cosa que me parecía muy probable en sábado―, me iría hasta la zona del balneario, pues queda algo apartada y casi nunca hay nadie por allí.

Al ver el sauce desde la pista peatonal, comprobé dos cosas: no había nadie pescando en la postura, y hacía un viento del oeste de mil demonios, que parecía más fuerte al ras del agua que en en la pista peatonal.

Volví al coche y me cambié. Al bajar a la orilla vi en la de enfrente a tres cofrades que lanzaban alineados a unos veinte metros unos de otros. Pescaban a seca. Uno de ellos clavó una trucha; desenfundé la cámara e hice una foto.

El viento era muy intenso. Me acordé de los clásicos ingleses que, para pescar con mosca ahogada, recomendaban “un viento suficiente, o silbante” ―luego apareció San Skues y les tiró abajo la teoría.

Por el aire se veían muchas pelusas de chopo y alguna efémera que otra. Llevaba idea de pescar la postura con ahogadas, pero me dije: si el de enfrente ha sacado una a seca, yo también puedo sacar otra.

Elegí una mosca que llamara un poco la atención, pues sobre el agua se veían muy pocas. Puse una Wickham’s Fancy.

Ya en los primeros lances me di cuenta de dos cosas: el viento impedía por completo lanzar por el lado derecho ―hasta un lance oval era peligroso―, y la mosca se veía desastrosamente mal en el agua, entre el oleaje y la poca luz que había en una tarde muy nublada y con amenaza de lluvia.

Lo del lanzado lo arreglé lanzando siempre por el hombro izquierdo e intentando calcular la deriva de la mosca debida al viento, que la posaba casi donde le daba la gana. Lo de la visibilidad de la mosca lo remedié poniendo una Barón rojo grandecita: el plumero sobresaldría entre las olas y no sería difícil de seguir.

Solté la Wickham’s, abrí la cajita donde tenía unas cuantas culipatas y, aunque lo hice a sotavento, de inmediato se formó un remolino y cinco moscas saltaron de la caja como si tuvieran vida propia, yo diría que con prisa por abandonar de una vez por todas aquel largo encierro.

Doy fe de que flotaban muy bien, porque nada más tocar el agua iniciaron una regata río arriba que no había quien las pillara. Apoyándome torpemente en el bastón, salí tras ellas y conseguí recuperar cuatro. La quinta, la que más corría, me tomó mucha ventaja y se metió en una zona poco vadeable ―siempe río arriba― y pensé a tiempo que, si seguía persiguiéndola, arruinaría toda la postura. Así que decidí regalársela al río, más o menos con el gesto que tuvo la zorra con las uvas.

No me llevó mucho tiempo recuperarle el tranquillo a la Harmony, y con lances por la izquierda fui subiendo. Esta vez la mosca se veía de maravilla, y también la vio una trucha que hizo un tremendo remolino al tomarla. La pelea fue dura y pensé que era un pez más grande de lo que resultó ser. Ya hay muchas algas, musgos duros y plantas acuáticas por el fondo, y hacia ahí tiraba ella.

Por fin, la metí en la sacadora y me la llevé a la orilla para hacerle una foto. Cuando quise hacer un primer plano de la cabeza, se agotó la batería de la cámara, que ya le quedaba poca.

En fin ―me dije―, ya verás cómo ahora pillo otra mucho más fotografiable.

Unos diez minutos después, vi una ceba a tiro y allá fue von Richthofen, lanzado en un ataque clásico a tres cuartos por la cola. La trucha subió, y conseguí clavarla. Tal como me temía, ésta parecía más grande que la anterior, y me costó mucho acercarla porque se enredó varias veces en las algas. De pronto, salió de una de ellas y enfiló directa hacia mí, a toda aleta, y cerré las piernas porque sabía lo que iba a pasar. Pasó rozándome, se giró e hizo una coca con el bajo de línea alrededor del bastón de vadeo, que estaba inclinado en el agua. La trucha subió a la superficie y, antes de que se cerrara del todo el bucle ―sin duda en un momento de confusión suya―, conseguí meterle la sacadora.

Problema: el pez estaba dentro de la sacadora y el bucle del bajo de línea se había corrido hasta el cordón que sujeta el bastón al chaleco.

Idea: suelto el mosquetón del cordel, aflojo el bucle y lo saco. La idea era buena, pero tenía que hacerlo todo con una sola mano: la derecha; la otra sostenía la caña y la sacadora. La trucha estaba bastante tranquila.

Metedura de pata: cuando estoy haciendo la operación, suelto el cordel del bastón ya liberado del hilo y el susodicho y muy necesario apoyo se hunde como una piedra ―¡y mira que en mi trabajo manejo mucho mejor la mano izquierda!, pero en este caso no se me ocurrió…. 
Allí estaba, en el fondo, a una profundidad mayor que mi brazo y retenido por unos benditos cantos rodados gordos.

¡Cohone…! ¿Y ahora qué hago?

Idea: desempalmo la caña de bambú, meto el tramo de talón en el agua y, haciendo palanca y con la ayuda de nuestro patrón San Pedro, levanto el bastón con mucho cuidado.

Cuando estoy haciendo la operación, se me da por imaginar al amigo JA viéndome tratar así a la Harmony. Me veo despellejado a varazos. De bambú, por supuesto. En fin…

La susodicha operación termina con éxito ―Deo gratias…― y el talón de la caña, empapado. Me preocupa el interior de la virola.

Llevé la trucha hasta la orilla para poder arrodillarme ante ella ―ante la trucha―. Era un hermosísimo macho que medía sólo dos o tres centímetros más que el pez anterior. ¡Qué belleza!

Veo cómo la trucha se aleja río adentro, y también veo que el agua esá subiendo. 
Pensé que llevaba varias horas pescando, pero sólo había transcurrido una hora y media desde que me metí en el agua.

Mientras el caudal aumentaba, subí por la orilla hasta en extremo superior de la postura con la idea de pescar con ahogada aguas abajo en cuanto se estabilizara el río… si es que llegaba a estabilizarse pescablemente.

Para las ahogadas sólo tenía una línea casera de poco peso, y no era fácil hacer speys con ella y los 7 pies de la Harmony, pero le puse empeño y pesqué la postura con unos lances bastante decentes. Los peces no se dieron por aludidos.

Una vez limpia, puse la caña desmontada en el asiento trasero del coche. La funda, ni tocarla; y el tubo, aún menos.

Nada más llegar a casa, encendí el secador del pelo y le di calor suavito a la zona de la virola buceadora; luego colgué la caña desnuda en los ganchos que tengo al lado de la Childhood Rivers**. Veinticuatro horas después, la metí en su funda y ahí está, colgada en su sitio.

Espero haber hecho las cosas bien…

(José Antonio me comunica en un correo que he hecho exactamente lo que debía de hacer. ¡Ufff…!).

Notas.-
* La Harmony es una caña de bambú refundido de 7,5 pies para línea 5 construida por el rodmaker vallisoletano José Antonio Martínez, Ximénez, que en estas croniquillas figurará como JA. José Antonio, además de ser un gran amigo mío, es instructor de lanzado titulado por el Pail.

** La Childhood Rivers también es una caña de bambú refundido, de 6,5 pies para línea 3, construida por JA.

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La Childhood Rivers

 

LANZADO Y ALUCINACIONES
08/10/2017


Bajé a practicar lanzado un poco tarde: el sol ya se había ocultado tras los montes y quedaba poco más de una hora de luz. Con todo, quería cumplir mi programa de prácticas, que era casi el mismo del pasado día 3, solo que en vez de 15 metros de línea volaría 18, ahora medidos con la cinta métrica: el juez terrible de los lanzadores.

No es nada fácil hacer bucles lentos cuando se vuela tanta línea. Joan Wulff dice que 15 metros ya es mucha distancia de lanzado cuando se pesca en el río, así que 18 metros ya empezará a ser mucha distancia cuando se lanza en la hierba. Los quince metros se pueden controlar bastante bien sin traccionar, pero con 18 metros la tracción ya es imprescindible, sobre todo cuando se quieren conseguir bucles lentos… que ya no lo son tanto como con quince, pues la línea necesita un mínimo de energía para llegar a esos 18 metros, y ésta tiene que ser más alta que cuando se lanzan 15.

Después de practicar media hora con este programa, pasé a hacer lo mismo pero disparando línea al final para llegar con la lana a unos 22/24 metros, en preparación para cuando baje a practicar distancia específicamente.

Desde el lugar donde tenía los pies hasta la orilla del Miño habría unos 25 metros, y se le podría llegar con un lance largo si no fuera por el desnivel y los árboles que hay en medio. Hoy se cebaban poco los peces, pero una trucha grande ―podría ser la misma del día 3― se cebó un par de veces cerca de la orilla. Es muy relajante descansar mirando al río entre serie y serie de lances, y en uno de aquellos descansos me pareció ver la inconfundible estela que deja un sedal al caer al agua. Pestañeé un par de veces y me dije: «Lo tuyo ya es grave, Argi. ¡Las ganas de pescar te hacen ver alucinaciones!».

Cuando había ya muy poca luz y se encendió el alumbrado de la pista de tierra, me arrimé a ella para ver mejor cómo evolucionaban los bucles en el aire. Cerca de mí estaban sentadas dos chicas que tenían un perrillo que correteaba por la hierba. A mi modo de ver, el animal carecía de sentido del humor y de curiosidad, pues al lanzarle la lana a medio metro de él, no le llamaba la atención y parecía ignorarla. A propósito le di con ella en la cabeza un par de veces, pero se limitó a sacudirla ―la cabeza― y ni siquiera quiso castigar a la lana con un par de mordiscos. ¡Qué chucho más apático!

Ya en la oscuridad casi total, mientras sobre mí revoloteaban algunos murciélagos se me acercó un señor y me preguntó qué estaba haciendo.

― Practico lanzado para pescar ―le dije.

― ¡Ah! Yo pensaba que estaba intentando capturar algún pájaro nocturno, o un murciélago

―respondió con asombro.

Aquella respuesta hizo bullir algunas ideas en mi cabeza relacionadas con los bucles lentos, las lanas y los murciélagos, pero las aparté de un empujón para dejar a los murciélagos en paz. Aún me acordaba de cierto pato…

Le dije al buen hombre que, durante la veda, bajaba cuando podía al prado para practicar un poco y así no perder el contacto con la caña y la línea. Además, era el momento de probar cosas nuevas. El hombre se fue, al parecer satisfecho con mis explicaciones y quizá pensando que hay gente muy rara por el mundo.

Un par de minutos después de aquella conversación, escuché a mi izquierda el ya clásico e irónico «¿pican?». En uno de los bancos de piedra estaba sentado el que me había hecho la pregunta, y valoré dos posibilidades de respuesta: seguir lanzando sin contestarle, o simplemente recoger los trastos y marcharme porque ya empezaba a hacerse tarde.

Seguí lanzando.

Mi interlocutor se levantó del banco y se acercó a mí portando una caña plegable con su carrete, y en la punta sobresalía un aparejo de ahogadas con buldó recogido en su plegador. Inmediatamente me di cuenta de que aquella estela que había visto en el agua no era una alucinación, sino la huella de un furtivo.

A su pregunta de qué estaba haciendo, le contesté con otra pregunta:

― ¿Y usted qué hace con esa caña aquí?

El hombre, de unos treinta y tantos años y con un fuerte y cerrado acento rural, me dijo en gallego y con toda naturalidad que había estado pescando.

― Ya no se puede pescar, hombre. La temporada terminó el día 30 de septiembre.

― ¡Qué va! A mí me han dicho que en este tramo se puede pescar todo el año. Eso sí, sin muerte.

― Y… ¿ha visto usted a muchos pescadores hoy, un domingo? ¿No le parece raro que no haya ninguno? ―razoné.

― Me da igual; aquí se puede pescar todo el año ―insistió.

― Mire ―le advertí―. Usted puede pescar donde y cuando le dé la gana, pero esta zona está vedada hasta el año que viene y se arriesga a que le metan una buena multa y le retiren la caña y sus moscas ahogadas.

― ¿Está seguro de eso? ―ya empezaba a dudar.

― Por supuesto. Soy pescador habitual en este tramo, y si no fuera así no estaría practicando en la hierba en pleno sereno. Además, ¿no ha leído usted la orden de vedas? Allí puede confirmar lo que le digo.

― Es que perdí el librillo…

― Bueno; si no me cree, entérese por otros medios; pero yo que usted no volvería a pescar sin asegurarme.

Le llamó la atención la caña de mosca, y me preguntó si con ella se podía pescar a ninfa. Le dije que sí, y se interesó por el lanzado. Lo invité a coger la caña y hacer unos lances. Le di unas instrucciones básicas pero no hizo el menor caso de ellas: estaba demasiado emocionado como para poder procesar aquella información sencilla. Me dijo que pescando con ninfa había partido la puntera de una caña, al tropezar la ninfa con ella durante el lanzado. Yo le dije ―y le demostré― que para aquello había remedio: un lance oval, que también era muy útil cuando había viento.

Charlamos diez minutos más, y le entró prisa por irse a casa. A mí también me iban siendo horas…

José Ramón Rodríguez
Argibay

4 comments on “Unas Horas Con La Harmony

  1. Pablo Espinar says:

    Muy interesantes tus relatos, José Ramón, gracias por compartirlos.

    Un saludo,

    Pablo

    Liked by 1 person

    • Argibay says:

      De nada, Pablo.
      Si en mis relatos encontraras algo que merezca algún comentario tuyo que pudiera enriquecer lo expresado por mí, no dudes en reflejarlo aquí, pues de ello podríamos aprender todos.
      Un saludo.

      Like

  2. Ximenez says:

    La primera vez que lei tu cronica de pesca, no pude evitar pensar que si hubiera estado alli, quizá no hubiese llegado a tanto como medirte el lomo con algun tramo de prototipos descartados, pero seguro que te habria quitado la caña de las manos y habrias tenido que bucear por el baston ;-). En cualquier caso, el tratamiento posterior fue el correcto para evitar cualquier daño. 🙂

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    • Argibay says:

      Es lo que tienen las cañas de bambú, JA. Establecemos con ellas una relación que me parece superior a la que tendríamos con nuestra mascota. No tengo perro ni gato, pero, si los tuviera, nunca les daría pienso para comer.
      Por otra parte, esa acción de acicalamiento de la caña después de la acción de pesca -secado escrupuloso, limpieza de anillas, búsqueda de arañazos y viciado, etc…- refuerza nuestra relación con ellas y la hace más cálida que la que tenemos con las cañas de grafito, que me parecen más “frías”… :-))

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