Plácida tarde de domingo

 

Foto Argibay

 

PLÁCIDA TARDE DE DOMINGO
02/04/2017


Hoy repetí ―más o menos― el programa del sábado. Por la mañana fui a la aldea a terminar de trasegar el vino ―sólo me quedaban 150 litros de blanco―, y luego comí con mis padres.

A eso de las cinco de la tarde volví a mirar la página web de la Confederación, y el Miño estaba con 120 m3/s. y sin pinta de bajar. Como el caudal no estaba para la Harmony, la dejé descansar ―de la mojadura― y cogí la Winston pensando en pescar con ahogada.

La tarde era muy diferente de la de ayer: muy soleada y casi sin viento.

Fui con el bólido hasta las termas de Quintela y me las vi y deseé para encontrar donde aparcarlo: las termas estaban hasta arriba, el balneario también, y la pista roja era un hormiguero humano.

Por fin, encontré un hueco cerca del túnel que hay casi frente a las termas: tierra pisada a la izquierda del coche, y rocas y maleza a la derecha.

Una vez equipado, desde la pista peatonal observé que no había nadie en la postura del balneario y para allá me fui. La gran rasera y la ausencia de viento fuerte invitaban a darle un repaso con la seca, y mientras montaba la caña y engrasaba la línea, estuve estudiando la situación táctica: lo mejor sería entrar en el agua un poco más abajo del desagüe del balneario ―sólo de aguas termales, ojo―, progresar agachado hasta un par de rocas emergentes; arrodillarme tras ellas y, a partir de allí, pescar muy minuciosamente un arco de unos 40 metros de río. Podría haber truchas tomando el sol en las aguas de profundidad mediana.

Me situé tras las piedras sin novedad, y empecé a pescar la zona cercana. No habría lanzado seis veces cuando vi una ceba a tiro, a unos 15 metros. Allá fue la oliva culipata, posando el primer lance retrasado, el segundo más adelante, y el tercero fue el que provocó la subida. Clavé, y la trucha salió disparada río adentro. Corrió hasta que le apeteció detenerse, a unos 40 o 45 metros.

Fui derivando río abajo mientras ella también derivaba. Recuperando línea, la guié hasta un remanso profundo que hay cerca de la orilla, y acabó en la sacadora sin mayores contratiempos.

Hecha la foto y devuelta la trucha al Miño, volví a la postura y la pesqué con mucho detalle hasta que me pareció que no quedaba agua por cubrir a distancia de lance. Justo cuando pensaba en trasladarme a la siguiente tabla cincuenta metros río abajo, aparecieron dos cofrades bulderos del arma de Artillería: cañas potentes, hilos poderosos, buldós como los pepinos de 175/60 y lances que casi cruzaban el río. Pasaron por detrás de mí, me saludaron ―devolví el saludo― y… nada me quedaba por hacer río abajo.

Subí por entre la maleza hasta el final del pozo que hay por debajo de las termas, y me eché entre las hierbas sin perder de vista el agua: se estaba muy bien allí.

Llevaría diez minutos de vida contemplativa cuando vi una ceba relativamente cerca pero en un punto difícil, donde empezaba a acelerarse el agua ―¿por qué nunca se ponen en sitios facilitos?

Dejé pasar otros diez minutos. La tía se cebaba esporádicamente, pero seguro que no comía esporas; comía esporádicas efémeras que bajaban despreocupadas, como si no fueran a morirse nunca.

Cuando estuve seguro de la posición del pez, probé suerte. A la dificultad del lance y de la deriva se añadía una brisilla con viento de arriba muy puñetera, que  frenaba la mosca justo cuando más necesitaba que se estirara la punta del bajo de línea. Con todo, hice algunos lances buenos pero la trucha dejó de cebarse, sospecho que porque vio algo raro en aquella mosca tan rara. Esa trucha llegará a vieja…

Me estaba divirtiendo, sí; pero al día siguiente tenía que levantarme a las cinco y media de la madrugada, así que después de dos horas de pesca efectiva plegué la caña y tomé camino para el coche por la pista peatonal.

Pero no terminaron de pasar cosas. Cuando me disponía a desbloquear el cierre del coche, levantar el portón y cambiarme, vi que delante de mí iba un tío grandón ―¡un armario, oiga!― con cara de cro-mañón ―o por lo menos de homo antecessor―, también directo hacia mi coche. Era miembro de un grupito de dos parejas que estaban a diez metros detrás de mí, esperando que el grandote se aliviara la vejiga… precisamente por detrás de mi coche.

Pensé rápido y, por cortesía, me detuve a unos cinco metros para que el otro tuviera su meada en paz y sin apariciones inoportunas. En tal paciente espera estaba, cuando mis ojos se dirigieron de forma automática ―¡lo juro!― hacia el espejo retrovisor derecho del coche. En él se reflejaba, perfectamente enmarcada y con un ligero aumento, la mano del personaje miccionante sujetándose la pilila. Una idea me vino a la mente como un rayo: ¡la cámara fotográfica!

Pero cuando empezaba a girarme para desenfundarla, por el rabillo del ojo vi que el grupito también miraba en dirección al coche, por encima de cuyo techo sobresalía la pelambrera del susodicho miccionante, ¡y mira que mi coche es alto!

La curación de mi depre debe de ir viento en popa, porque pensé rapido y claro ―esto es, con lucidez―: «Puede que no se den cuenta de lo que estoy haciendo con la cámara fotográfica, pero si tan solo lo intuyeran… ¡soy hombre muerto!».

Así que dejé la Olympus en paz ―¡qué gran foto se ha perdido!―, esperé a que el otro se enfundara el instrumento y saliera de detrás del coche, y como un pacífico ciudadano que nunca ha roto un plato me dispuse a cambiarme mientras me aguantaba unas ganas locas de reírme a carcajadas, cosa que hice una vez estuve a salvo dentro del coche.

Se perdió una gran foto, sí; pero algo me sigue diciendo que se salvó una vida. La mía.

 

UNAS BONITAS SERIES
14/10/2017


Bajé a practicar durante una hora muy bien aprovechada. Tenía muy claro lo que quería hacer: después de unos minutos de calentamiento con lances cortos y bucles lo más controlados posible, continué el programa de lances de distancia concentrándome exclusivamente en la rotación de la muñeca, los lances traseros, la tracción y el disparo de línea en el lance de presentación. De esta forma conseguí unos bucles delanteros muy regulares y de tamaño medio, velocísimos, que hicieron que la línea diera un buen golpe en el carrete y una sacudida en la caña cuando se estiraba del todo en una distancia de 26 metros. Autocontrolándome al máximo, preferí no tentar al diablo y ponerme a disparar más línea para saber hasta dónde podría haber llegado, pues sospechaba que acabaría haciendo el burro y desaprendiendo unos lances que había conseguido clonar de una forma casi perfecta, así que continué un rato consolidando aquellos buenos lances y luego me di un rato de respiro, muy satisfecho.

Esta vez no tuve incidencias con la gente ―¡qué raro!―. Les tiré la lana a algunos perrillos que, salvo uno, se interesaron poco por ella. Lo que más me divierte es hacerlo sin que sus dueños ―o dueñas― se den cuenta, aunque si se percatan de ello, todos reaccionan bien y sienten curiosidad por ver la reacción de sus perros. Los pequeños ―me refiero a los perros― suelen ser más curiosos que los grandes.

Como siempre, terminé mis prácticas lanzando bajo la luz de las farolas, que atraía a muchísimas moscas y mosquitos, y también a sus predadores, los murciélagos. Hace medio siglo ―¡qué viejo soy!― se veían bandadas de ellos en el crepúsculo, y hoy me detengo admirado cuando veo revolotear tres o cuatro. También vi una luciérnaga: la segunda en esta temporada. Hace 50 años punteaban con sus farolillos todos los caminos y senderos, y hoy llaman la atención precisamente por su rareza. Algo está cambiando…

José Ramón Rodríguez, Argibay

2 comments on “Plácida tarde de domingo

  1. Jose Antonio Martinez says:

    Preciosas memorias, y prudente decisión 😉

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