Una mañana en la postura del sauce

 

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Foto Argibay

 

UNA MAÑANA EN LA POSTURA DEL SAUCE
09/04/2017


Creo que esta mañana fue la vez que más tiempo he estado en el Miño desde que empezó la temporada: desde las 10:30 hasta las 14:00. Pesqué muy despacio la postura del sauce, pero las truchas apenas estaban activas. Me subió una que no clavé; clave otra que se me soltó al dar un salto, y en el brazo de aguas paradas que hay en la parte superior de la postura tuve tratos con dos a las que les tiré una ninfa, después de comprobar que no hacían por el tricóptero que estaba usando.
Primero vi un pez como de un kilo patrullando por aquellas aguas paradas, en el borde de la sombra de los árboles. De inmediato me agaché y lancé el trico, pero la trucha no le hizo caso y siguió su lenta natación en dirección al río.
Luego vi dos más pequeñas, ambas de poco más de medio kilo, en la misma actitud de patrulla que la anterior. Desaparecieron mientras cambiaba el trico por una ninfa poco lastrada.
Acababa de atarla cuando apareció otra un poco más grande; le lancé la ninfa y, cuando empecé a moverla, la trucha se arrojó sobre ella. Clavé, y se la quité de la boca notando una ligera resistencia; pero la trucha no se marchó, aunque se puso muy nerviosa. Repetí el lance y ella hizo amago de atacar la ninfa de nuevo, pero se volvió. Presa de gran agitación, giró y atrapó de nuevo la ninfa. Esta vez la escupió antes de que yo pudiera levantar la caña, y al pez le entró prisa por salir de la recula.
Los lances fueron bastante difíciles porque había que meter la ninfa hasta la sombra que proyectaban las ramas, y todas estas dificultades ―incluidos los clavados fallidos― hicieron al suceso muy emocionante.
Mientras vadeaba hacia la postura de la isla, vi cebarse una trucha a unos quince metros, en las aguas paradas. Le lancé la ninfa, y al segundo tironcito tuve una picada brutal que me dejó sin los tramos del 0.18 y del 0.16 del bajo de línea y, por supuesto, sin la ninfa.
Estaba ya en la isla cuando me quedaba media hora escasa de pesca. Como suele suceder en estos casos, las muy condenadas se pusieron a cebarse. Se cebaban pocas, pero eran grandes y difíciles porque estaban por encima de la isla, donde al agua empieza a acelerarse, así que la deriva de la mosca no era muy larga y había que lanzar lejos. Puse una imitación de efémera oliva.
Me subió una que no andaría lejos de los 50 cms; dio dura pelea y se soltó cuando ya le tendía la sacadora.
Cinco minutos después clavé otra, más pequeña ―unos 38 cms.― pero también muy peleona. Por fin, ésta conseguí sacarla.
Iba vadeando, de vuelta hacia el coche, cuando enfrente de la escalera azul vi una ceba en el borde de la corriente. Me metí un poco más en el agua, hice media docena de lances y clavé una belleza de unos 45 cms que conseguí sacar. Quizá si me hubiera quedado más tiempo habría cogido alguna más, porque por momentos se veía alguna ceba, pero tenía que comer con mis padres y además mi hermano celebraba su fiesta de cumpleaños ―le propuse cambiar sus 42 por mis 61 pero no quiso. ¡Qué poco se valora la experiencia!

José Ramón Rodríguez, Argibay

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