Un final inesperado

UN FINAL INESPERADO
30/09/2017


Tenía grandes proyectos para la tarde de este último día de la temporada truchera, en caso de que el río volviera a estar bajo, como ayer.
Hace un par de días, Aitor me envió un enlace a una entrevista que le hicieron en una nueva radio digital, y en ella me enteré de que existía una página web llamada onemorelastcast.net, en la que Aitor expone sus ideas e investigaciones sobre el lanzado con mosca y la instrucción de lanzado. En la entrevista dijo que su página web está en inglés, pero se le olvidó decir que también tiene algunos artículos muy interesantes en castellano. Y videos, muchos videos también muy interesantes para el que sepa y quiera verlos.
Entre éstos figuran algunos en los que Aitor muestra las técnicas de pesca aguas abajo con moscas secas y emergentes; según él y sus amigos bosnios, las únicas que hacen posible una deriva con ausencia total de microdragado. Ya me había hablado de ellas durante la visita que me hizo a Ourense, y, por otra parte, yo llevaba tiempo rumiando la posibilidad de atacar a las truchas de la postura del sauce pescando aguas abajo, sobre todo en la época en la que los ranúnculos están llegando a la superficie y crean todas esas corrientes superficiales que hacen tan difícil atacar a las truchas con lances de través, o lanzando a tres cuartos aguas arriba, tal como hago habitualmente.
Si quedaran más días de temporada truchera, me habría tomado las cosas con más calma, pero sólo disponía de la tarde de ayer para hacer una aproximación a esta técnica que he practicado alguna que otra vez, pero no de forma sistemática.
A las 17:00 me presenté en la postura. Hacía tres cuartos de hora que el caudal había bajado y la tarde estaba soleada, quizá demasiado. Había un viento del oeste que soplaba río arriba, a veces silbante: demasiado viento. Ya pululaban por ambas orillas del río muchos mosqueros que querían, como yo, apurar las últimas horas de la temporada de pesca 2017. Se veían todos los estilos y técnicas: ahogadas con buldó súper-pesado, capaz de cruzar el río con un lance; mosca seca; pesca al hilo y, hacia el final de la tarde, yo mismo aumenté la variedad poniéndome a pescar con ahogadas de través aguas abajo.
Pero no adelantemos acontecimientos. En mi cabeza permanecía la idea de practicar con mosca seca aguas abajo, y me dirigía recto hacia la cabecera de la postura del sauce cuando, muy cerca de la orilla y un poco más arriba de mi posición, observé una ruidosa ceba.
Cambié de planes inmediatamente. Como las aguas allí eran muy bajas, pensé que no me sería posible atacar aquella trucha presentándole la mosca ―otra vez una Barón rojo― aguas abajo, y decidí atacarla aguas arriba.
La trucha me subió al segundo lance, y llegó a mis manos una cuartokilona que se enfadó mucho cuando la clavé, pero volvió al agua viva sin mayor novedad.
Puesto en posición en la cabecera de la postura, me di cuenta de que me enfrentaba a tres dificultades y una ventaja que le restarían algún realismo a mis pruebas. En primer lugar, tenía que lanzar contra el viento un bajo bastante largo, lo que hacía que la mitad del bajo de línea, la de la punta, se presentara siempre en un ángulo no deseado para la deriva que yo quería hacer.
En segundo lugar, tenía que lanzar mirando casi directamente al sol, y aunque las gafas polarizadas me quitaban bastante luz, los lances eran muy molestos y en general poco precisos.
En tercer lugar, el reflejo de la luz del sol en la superficie del agua creaba un espejo que volvía a la mosca prácticamente invisible, lo que hacía muy difícil seguir las derivas. Esto lo solucioné parcialmente lanzando a tres cuartos aguas abajo, buscando una inclinación respecto a los reflejos que me permitiera ver dónde se posaba la mosca y seguirla.
La ventaja era que no había ranúnclos superficiales, y los que habían dejado las riadas de casi todo este mes apenas llegaban a medias aguas, por lo que el flujo superficial era completamente regular y las derivas eran buenas porque no podían ser de otra forma. Resumiendo: las condiciones de pesca aguas abajo eran poco realistas si atendemos a las expectativas que yo llevaba.
No obstante, me puse a pescar intentando hacer las cosas lo mejor posible y superando las dificultades. Conseguí derivas muy buenas, aunque ningún otro pez subió a por la mosca. Tampoco se veían cebas ni insectos sobre el agua.
Mientras rodeaba la postura pescando aguas abajo, uno de mis cofrades sacó un par de truchas en el caue principal del río. Pescaba a seca y se entendía con el viento lo mejor que podía.
Llegado a la parte exterior de la isla, decidí pescar un poco en el cauce principal con ahogada aguas abajo, pues no se veía ninguna ceba. La mosca que puse la había montado esa misma mañana, y su cuepo estaba hecho con la mitad anterior de pelo procedente de mi propia cabeza, y la posterior con un pelo de perro, de color castaño y entrecano, que encontré en la papelera de la tienda donde compro habitualmente mi material de escritura. Vaya usted a saber cómo llegó hasta allí aquella mata de pelo.
Era una ahogada grandecita, con la tija del anzuelo lastrada con una cinta de plomo, brinca dorada y alas de pluma de riñonada indio acerado.
Pesqué unos cien metros de río con lances más bien largos, pues las aguas son bajas en aquella zona. El viento impedía que las presentaciones y derivas fueran como a mí me habría gustado, pero con empeño y correcciones conseguí que la mosca trabajara aceptablemente bien, y bien habría podido coger alguna trucha si ellas estuvieran más colaboradoras.
Pasé a la cabecera de la postura de la isla. En los primeros lances clavé otra trucha cuartokilona, que me puso muy contento porque suponía la estrena de mi curiosa mosca.
Pesqué despacio el resto de la postura, sin tocar ningún otro pez.
Volví río arriba, y pesqué la postura del sauce con la misma mosca lanzando aguas abajo, pero tampoco tuve picadas. La tarde avanzaba y el viento amainaba por momentos, lo que me permitía hacer mejores presentaciones.
Vistos los magros resultados, quise despedir la temporada lanzando en las corrientes de la isla, donde tan buenos momentos había pasado.
Pesqué muy despacio esas corrientes sin tener picada alguna, y en uno de los últimos lances la mosca se enganchó en el musgo de una roca del fondo de la corriente. Como tenía un cierto aprecio por aquella mosca ―al fin y al cabo, estaba hecha en parte con mi propio pelo―, no quise tirar a romper: me metí en la corriente muy despacio ―ya no había mucha luz― y conseguí sacar la mosca empujándola con la puntera de la caña. La limpié, la guardé, y en aquel momento se me ocurrió cortar un par de tramos del bajo de línea y poner un estrímer que tenía pinchado en el borreguillo del chaleco: era una más que aceptable imitación de boga de río.
Después de atar esta mosca, sin moverme de donde estaba lancé el bajo de línea a la corriente y me puse a darle meneítos mientras sacaba línea del carrete para alargar los siguientes lances. Inmediatamente sentí un tremendo tirón en la puntera de la caña y un gran pez se revolvió furiosamente en la superficie, allí, a cuatro metros de mí. La pelea duró no más de cuatro segundos, pues la trucha se soltó. Podría rondar los dos kilos.
Pesqué con aquel pececillo el resto de la postura, sin tener más picadas. Luego fui directamente hasta la punta inferior de la zona de la escollera, donde hay unas corrientes profundas que tienen peces tan buenos como difíciles.
El primer lance lo hice muy cerca, y pegado a la orilla. El pececillo no recorrió ni dos metros cuando lo atacó una trucha que se clavó y dio un gran salto. Después de unos quince minutos de pelea, entraba en la sacadora un precioso ejemplar de 47 centímetros.
Hecha la debida foto, volví a lanzar ya un poco aguas adentro. Al segundo lance se produjo un remolino en la superficie y sentí un toque en la caña, pero la trucha no se clavó ni quiso repetir la agresión al señuelo.
Fui alargando el lance, y unos veinte metros más abajo, en la misma corriente, otra trucha atacó al pez y se clavó. Dio cinco soberanos saltos, se llevó mucha línea y conseguí sacarla de la corriente para que se metiera en el gran pozo que hay a la derecha. En esta zona me fue más fácil ir tirando de ella, y poco después estaba en la sacadora otra trucha que medía exactamente lo mismo que la anterior.
Ya apenas se veía, y la trucha había dejado al estrímer hecho unos zorros, así que opté por aprovechar la poca luz que quedaba y atravesar por las aguas de la orilla de la escollera aprovechando que el río seguía bajo, pues no era seguro caminar por la escollera con tan poca luz.
Mientras me quitaba el vadeador con una media sonrisa, recordé otros fines de temporada igual de sorpresivos que éste, que los hubo. Siempre con los últimos lances, salieron truchas de medio metro en lugares y con moscas que no había pensado usar. Está claro que hay que luchar hasta el final…

Si las condiciones del río me lo permiten, ya sé cómo empezaré a pescar el primer día de la próxima temporada: con mosca seca aguas abajo y, a ser posible, en la postura del sauce.

José Ramón Rodriguez, Argibay

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