Tarde en la postura del sauce y la isla

 

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TARDE EN LA POSTURA DEL SAUCE Y LA ISLA
13/04/2017


Bajé a la postura del sauce a las 16:30 armado con la Harmony y esperando que el río siguiera bajo. Desde los últimos peldaños de la escalera vi una enorme «ceba» en las aguas paradas, cerca de la orilla. Posiblemente fue una carpa que se asustó al verme.
Se movía una trucha en el borde de la corriente, y hasta allí mandé a von Richthofen. La trucha subió a por ella, pero no conseguí clavarla. Media docena de lances después, me subió otra que tampoco clavé. Había cebas muy esporádicas, la tarde estaba ligeramente nublada y soplaba un fuerte viento del oeste, por lo que sólo se podía lanzar por la izquierda.
A unos doce o catorce metros vi la ceba de un buen pez, y a la cuarta o quinta presentación cogió la mosca. Tardé bastante en meterle la sacadora a la trucha, pero al final lo conseguí.
La llevaba hacia la orilla para hacerle una foto cuando apareció un pescador a buldó que se me ofreció para «hacerme una foto y mandármela por wasap». Ya se metía en el agua, y tuve que frenarlo para decirle que yo tenía una cámara fotográfica.
Dispuse la trucha y le hice la foto. Le pregunté ―al buldero, no a la trucha― si no tendría inconveniente en hacerme una con mi cámara ―de mis días de pesca, hay pocas fotos en las que aparezca yo, porque tiendo a ser un mosquero solitario.
Le di unas instrucciones básicas, de las que no hizo el menor caso. Esto suele suceder cuando pones la cámara en manos de alguien al que no le interesa esto de la fotografía, que es la mayoría de la gente por muchas fotos que se hagan hoy día con los móviles.
En fin; cuando le dije que ya estaba listo, él ya había hecho un montón de fotos, que luego tuve que borrar. Bueno, una de ellas salió medio bien; algo es algo.
Él dudaba dónde ponerse a pescar. Le sugerí la postura de la isla, que estaba sin tocar, o tal vez la rasera de arriba, donde había un mosquero en la otra orilla. Para mi mayor pasmo, se puso a pescar en mi postura, a treinta metros de mí aguas arriba. «¡Adiós postura!», me dije.
Decidí irme a la postura de la isla. Por el camino me entretuve mirando las enormes bandadas de gobios jóvenes que hay en los fondos arenosos de las aguas paradas. También había una carpa de cuatro o cinco kilos haciendo su recorrido.
En la parte de atrás de la isla, el viento hacía casi imposible lanzar. Para presentar bien la mosca había que calcular una deriva de tres o cuatro metros, pero se conseguía una vez que se le cogía el tranquillo, siempre con lances por la izquierda.
En las corrientes de la cabecera de la isla me subió una trucha que no conseguí clavar. Unos metros más abajo, en las mismas corrientes, me subió otra más grande que tampoco clavé. No repetían la ceba, y no hubo más subidas en la posura.
De reojo vi un par de cebas en el final de la postura del sauce, donde las aguas se aceleran. Me arrimé y empecé a posar cerca, a unos ocho o diez metros. Hubo un remolino donde estaba la mosca ―seguía con la Barón Rojo―, pero la trucha no se clavó. Un poco más arriba hubo otra ceba, bastante lejos. A la tercera o cuarta deriva subió una trucha grande que por fin conseguí clavar. Era muy fuerte y saltaba mucho. Se lanzó río abajo y acabó en el remanso de la postura de la isla, donde poco a poco la fui trabajando y conseguí sacarla. Unos 44 cms. de poderosa trucha.
Volví a la postura anterior y aún conseguí hacer subir otra, que tampoco se clavó. Ya eran las 8 de la tarde y decidí irme a casa después de tres horas y media de pesca muy interesantes. Si los peces se mueven un mínimo, el viento no es una dificultad, sino un aliciente: un mérito más cuando se consigue hacer subir a un pez.
Mientras recogía la línea, me di cuenta de que está destrozada. Las aguas del Miño, en apariencia limpias, llevan en su superficie muchos detergentes y productos que dañan las líneas e impiden su flotabilidad. Sobre todo en aguas paradas, donde esa capa superficial es más gruesa. Por mucho que uno limpie las líneas cuando llega a casa, irremediablemente se van cuarteando y terminan arruinadas; pero la diferencia entre limpiarlas o no limpiarlas pueden ser dos o tres años de vida para la línea. Si no se limpian nunca, no pasan del primer año.

José Ramón Rodriguez, Argibay

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