Línea nueva y bajo viejo… ¡mal maridaje!

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El Barón Rojo y su dama

Línea nueva y bajo viejo… ¡mal maridaje!
20/04/2017


Aproveché que a las cuatro de la tarde el río acababa de bajar ―eso decía la página web de la Confederación Hidrográfica― para coger la Winston y el carrete recién cargado con la línea Mike Barrio nuevecita. Cuando cargaba la línea me dieron ganas de poner también un bajo nuevo, pero el que tenía me pareció aún en buen estado.
Serían poco más de las cuatro y media cuando llegué a la postura del sauce. El río no estaba bajo del todo, y tanto en las aguas casi paradas como en el final de la tabla se veían cebas de peces grandes. Apenas había viento, y el sol estaba velado tras una delgada capa de nubes.
Puse una efémera oliva en culo de pato y se la lancé a una de las truchas que se movían en las aguas ya casi paradas, que estaban infestadas de pelusas de los chopos. La trucha cogió la mosca, pero no conseguí clavarla.
Los peces que se cebaban no repetían las cebas, y la postura estaba muy difícil de pescar porque, con aquel nivel de agua, las plantas acuáticas ―que ya no están lejos de la superficie― creaban una red irregular de contracorrientes que hacían muy complicada una buena deriva de la mosca. La solución era lanzar con gandes apilados combinados con extendidos de línea aguas arriba.
Hubo un momento en el que se pusieron a cebarse un par de truchas a unos quince metros y a tres cuartos aguas arriba. Repitieron las cebas dos o tres veces y le tiré la mosca a la más retrasada. La trucha la cogió, y conseguí clavarla. Después de una dura pelea, en la que se apoyó todo lo que pudo en los ranúnculos y musgos del fondo, terminó en la sacadora: una bonita cuarentona.
Las cebas se hicieron mucho más esporádicas, el nivel del agua bajó un poco pero no mermaron las dificultades de presentación de la mosca. Hice despegar al Barón Rojo con la esperanza de que, siendo una mosca mucho más visible, atrajera la atención de alguna de aquellas truchas que se estaban poniendo muy difíciles.
Tras diez o quince minutos de vuelo, von Richthofen aterrizó de nuevo en el borreguillo del chaleco. Lo sustituí por una ninfa sin lastrar y engrasé bien el bajo de línea hasta sus últimos 30 centímetros.
Había que estar muy atento para seguir la deriva del bajo de línea e intuir dónde estaba pescando la ninfa. Las contracorrientes presentaban con esta imitación las mismas dificultades que con la mosca seca.
No habría hecho media docena de lances cuando vi que la punta del bajo se hundía anormalmente. Tensé la línea y… ¡bingo!, en la punta se retorcía una buena kilona que resultó saltarina, y en cada uno de sus brincos pude bendecir a San Skues. Era una trucha un poco más grande que la anterior, que sumó su belleza a la dificultad de la captura.
Observé que se veían más cebas en las aguas más lentas, al fondo de la postura, que en las corrientes y tablas donde yo estaba. Fui hasta la isla con la intención de pescar aquella zona. Insistí de nuevo con la oliva culipata sobre una trucha que repitió dos o tres cebas en una postura muy difícil, pero no conseguí convencerla.
Las cebas cesaron, y decidí que el Barón Rojo volara de nuevo sobre las corrientes de la isla. Al segundo lance surgió una trucha muy agresiva que se apoderó de la mosca, dio dos o tres saltos y encontró una gran roca llena de algas. Allí se escondió y se quedó enredada, panza arriba, momentáneamente.
El río estaba subiendo y yo tenía que tomar una decisión. Me situé aguas arriba de ella, me acerqué con mucha prudencia apoyado en el bastón, y metí la puntera de la caña en el agua por ver si la trucha se asustaba. Se asustó, y con un par de coletazos liberó el bajo de línea. Conseguí meter en la sacadora aquellos 35 centímetros de trucha muy brava, pero no me entretuve fotografiándola porque el río seguía subiendo y había que salir de allí.
Me allegué a la escollera de la orilla, ya en lugar seguro, y me senté en una piedra para observar el gran pozo que hay aguas abajo. El agua ya se infiltraba por entre las piedras donde yo estaba sentado, y creaba unas pequeñas corrientes en la entrada del pozo. En ellas vi una ceba. Esperé un rato para ver qué hacía aquella trucha, que parecía grande a juzgar por el tamaño de sus cebas, y cuando comprobé que tomaba insectos en el remanso que se creaba entre dos pequeñas corrientes, allí le puse al Barón Rojo. Tardó pocos segundos en verlo y cogerlo. Clavé muy suave, y de allí salió enfurecida una trucha que anunció sus muy posibles 50 centímetros con un buen salto en el aire. Picó hacia el fondo a toda velocidad. Yo sabía que el fondo de ese pozo está lleno de grandes bloques, y me temía lo peor. Sucedió lo peor: la trucha dobló la esquina de una piedra, siguió tirando y el bajo de línea se rompió por encima de la lazada permanente. Así terminó el heroico vuelo del Barón Rojo.
Revisé el bajo de línea, y comprobé que estaba bastante deteriorado. Debería de haber puesto uno nuevo junto con la línea nueva, aunque no sé si un material nuevo sería suficiente para sujetar una trucha grande en unos fondos como aquellos.
Me senté a rehacer el bajo, sin perder de vista el caudal del río y las corrientes de la cabecera del pozo. Allí donde éstas se ralentizaban, observé otra ceba. Le dije a la trucha que esperara un poco… y esperó.
Di un gran rodeo para atacarla a tres cuartos por detrás y, mientras hacía equilibrios sobre las grandes rocas, la trucha dejó de cebarse. Me puse en posición y esperé. Agachado tras una piedra, me entretuve escuchando los agudos gritos de los correlimos, que parecían muy excitados y se perseguían al ras del agua.
La trucha volvió a cebarse, y no esperé más para lanzarle una culipata. La deriva fue muy buena y la trucha la atrapó. Clavé, y de nuevo salió disparado un pez grande al que no había quien lo frenara. Iba ya bastante lejos cuando picó hacia el fondo y… partió de nuevo el bajo de línea, casi por el mismo lugar que con la trucha anterior. Los tramos que estaban por debajo de la lazada permanente aguantaron, pero no la parte un poco más gruesa del bajo. Sin duda estaba fatigado. O podrido. O yo qué sé.
Volví a la orilla segura para rehacerlo de nuevo; eso sí, con menos confianza que la vez anterior. Quería pescar a seca la parte del final de la isla, y además había visto otra ceba de trucha grande en el pozo. Mientras esperaba que se repitiera la ceba, en la corriente central del río saltó a bañarse una trucha que como mínimo tenía 60 cms. ¡Era gordísima!
Retiré la mosca, recogí y quité el carrete. Puse el de línea intermedia y monté un estrímer. Con él hice varias pasadas por el lugar donde había saltado el truchón, pero sin resultados.
El río empezó a subir con fuerza. Había que darse prisa para llegar pronto a la zona segura, cosa que hice sin mucha dificultad.
Había estado pescando tres horas que resultaron muy entretenidas, precisamente porque la pesca no había sido fácil.
Al llegar a casa, lo primero que hice al salir de la ducha fue poner agua a hervir y cocer un bajo de línea nuevo. Ahí está, haciéndole compañía a la nueva línea y esperando compartir conmigo mil aventuras.

José Ramón Rodriguez, Argibay

 

8 comments on “Línea nueva y bajo viejo… ¡mal maridaje!

  1. learntocast says:

    Hi Aitor Mate these blogs are great – but I cant understand them🤔 – Can we include the “translation” tab.

    Mmmmmmmm, translation – opp’s, nothing to do with casting.

    Have a great day George

    2018-03-08 1:33 GMT+11:00 One More Last Cast :

    > Aitor posted: ” Línea nueva y bajo viejo… ¡mal maridaje! 20/04/2917 > Aproveché que a las cuatro de la tarde el río acababa de bajar ―eso decía > la página web de la Confederación Hidrográfica― para coger la Winston y el > carrete recién cargado con” >

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  2. Bonito relato Aitor! Esas dificultades son las que hacen que me resulte tan interesante la lectura y percibir la emoción de esa jornada. Y que jornada! (de calidad)

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