Nirvana

 

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Uno de los grandes peces del Moimún. Foto Argibay

NIRVANA
22 /04/2017


El río estuvo bajo durante toda la mañana, pero a mediodía subió y se mantuvo casi toda la tarde alrededor de los 200 m3/s. Intuyendo que no volvería a bajar, me acerqué hasta la postura del balneario con la caña de dos manos a las cuatro y media de la tarde. Se notaba que era sábado: era imposible aparcar el coche en la zona de las termas de Outariz, y acabé dejándolo en el camino de tierra que va hacia la ciudad, no muy lejos del acceso a las termas, menos mal.
La pista roja era un gentío de caminantes y las termas estaban repletas de bañistas que estaban en remojo o se doraban al sol. A pesar del nivel del río, bastante alto, había pescadores en todas partes: en parejas, en tríos… y se oteaba la silueta de un solitario allá lejos, en la postura del balneario.
Me dirigí hacia allí, pues a veces no es bueno cambiar la primera decisión. En aquella postura caben dos, a poco que se entiendan.
Cuando me acercaba al río perdí de vista a mi cofrade. ¿Se habría ido y me dejaría la postura para mí solo?
Me metí por el medio de una hierba que ya está muy crecida, y entre ella vi asomar una gorra azul cerca de la orilla. Era el momentáneo propietario de la postura, que se había sentado a descansar en el mejor lugar: allí donde el fondo de guijarros se eleva, frenando un poco la corriente superficial. Es una zona muy querenciosa para las truchas.
Al llegar junto a él lo saludé y, mientras montaba la caña, le pregunté qué tal se daban. Me dijo que llevaba todo el día pescando con seca y ahogadas; que por la mañana el río había estado bajo, y por la tarde lo subieron. Sólo había cogido una trucha pequeña y se le habían soltado dos.
Me preguntó qué clase de línea estaba enhebrando por las anillas. Le dije que es una Hywell Morgan EDP de la casa Scierra, intermedia del 5, y comentó que le llamaba la atención la cabeza transparente.
Le pedí permiso para pescar aguas abajo a partir de donde terminaba la elevación del fondo, al comienzo de unas aguas muy bajas, y me dijo que por supuesto, que a ver si tenía más suerte que él.
Iba decidido a concentrarme en el lanzado más que en la pesca. Fui probando diferentes golpes de lance, variando la energía y fijándome mucho en dónde anclaba el bajo de línea en los spey. Hacía un spey sacando toda la cabeza de la línea más medio metro de sobrevuelo; si presentaba bien el estrímer, repetía el mismo lance, intentando clonarlo si había salido bien, o corregirlo si algo había salido mal; inmediatamente después hacía un lance aéreo por encima de la cabeza intentando controlar la energía, la parada de la caña y la regularidad del bucle; si este lance salía bien, dejaba posarse la línea y, utilizando la tensión sobre el agua ―el famoso water haul―, volvía a hacer un lance trasero aéreo, y en el delantero, controlándolo lo más que podía, disparaba primero unos tres metros de línea, luego cinco, luego siete y al final unos nueve o quizá alguno más. Me concentraba mucho en la recogida de la línea en espiras con la mano izquierda, en procurar que quedaran ordenadas y en soltarlas en el momento oportuno. De vez en cuando se me liaba la línea; de vez en cuando se me colapsaba el bajo; de vez en cuando se me desanclaba en los spey; de vez en cuando aplicaba exceso de energía… y de vez en cuando todo salía a la perfección, el estrímer parecía caer lejísimos y yo me decía que el amigo JA tiene razón: el lance hay que sentirlo. Por supuesto, eso es cierto con las cañas de una mano, pero ahora me parece que lo es más aún con las de dos.
Mi cofrade estuvo un rato pescando con ahogadas, luego se fue. Yo seguí a lo mío. En algún momento me acordé de Emilio y sus amigos, que querían pescar hasta perder el control. Yo quería lanzar sin perderlo, alcanzar el control total, ser uno con la caña y la línea.
De pronto, empecé a hacer series de lances buenos: ocho de diez, nueve de diez. Por supuesto, también me concentraba en que el estrímer hiciera una buena deriva, haciendo las oportunas correcciones, pero…¿quién podía pensar en los peces en aquellos momentos? Sospecho que las truchas no quisieron picar por temor a distraerme.
No tuve una sola picada. El fondo estaba alfombrado de bogas que se preparaban para la freza. Posiblemente las truchas grandecitas estarán más que hartas de comer bogas, que en esta época suben del embalse de Castrelo por cientos de miles.
Durante uno o dos minutos, hubo una caída de pelusas de chopo espectacular: ¡parecía una nevada espesa! Desenfundé rápidamente la cámara para hacer una foto panorámica; la encendí… y unas letras salieron en la pantalla: «batería agotada». Mea culpa…
Me fui para casa totalmente satisfecho, deseoso de volver a hacer aquellos lances que tan buenas sensaciones me dieron.

José Ramón Rodriguez, Argibay

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