Una visita inesperada en el sauce

 

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UNA VISITA INESPERADA EN EL SAUCE

27/04/2017


Después de pasar la mañana trasegando una cuba de vino y ordenando la bodega, a las 16:30 vi en la web que el río había bajado quizá una hora antes. Con el día muy ventoso ―un nordeste frío y muy molesto, y 20ºC de temperatura―, cogí la Winston y me presenté en la postura del sauce sin grandes esperanzas de ver moverse a los peces, pero me equivoqué: mientras enhebraba la linea por las anillas de la caña, vi de reojo cómo se cebaba una trucha muy cerca de la orilla, en una escasa cuarta de agua. Puse una efémera oliva y me metí en el río todo lo despacio que pude, pues había visto la ceba a una docena de metros de donde yo estaba.

Esperé un poco, y la ceba se repitió un poco más allá. El lance no era fácil porque los árboles estaban a pocos metros detrás de mí: no podía dejar que la línea y el bajo se estiraran del todo en el lance trasero.

La trucha hacía un recorrido de unos ocho o diez metros, así que le calculé el itinerario y posé la mosca más o menos en la mitad de la ruta del pez, que se cebó a poco más de un metro de donde estaba la mosca. Di un par de tironcitos, y un remolino se tragó a la imitación. Clavé suavito, y la trucha salió disparada a toda aleta. No habría nadado una docena de metros cuando dio un gran salto para mostrarme lo gorda y hermosota que era ―un kilo y pico, tendría―, picó hacia una espesa mata de plantas acuáticas que yo no veía, y allí se metió. Tuvo el detalle de dejarme la mosca.

Invertí un buen rato en limpiar de musgo acuático a la imitación. Mientras lo hacía, peces que parecían buenos se cebaban al otro lado de la vena de la corriente ―¿por qué siempre se ponen en el sitio más difícil?―, entre las ráfagas de aire que rizaban el agua. No iba a ser fácil lanzarles la mosca.

Me disponía a avanzar río adentro, despacio, cuando me pareció ver a alguien en la orilla. Me giré un poco, y allí estaba… ¡un japonés! Sí: un hombre joven con una caña de lanzado y un carrete que parecía nuevo, vestido con una camisa y unos pantalones vaqueros. Me observaba,  le sonreí y lo saludé con la mano. Me devolvió el saludo.

Pensé rápido. Me habría gustado poder ayudarlo, pero no sabía cómo. Era imposible pescar en aquella postura en vaqueros y con zapatos bajos, y además las algas le pondrían las cosas aún más difíciles con una caña de lanzado. Si aquel hombre era pescador, se daría cuenta de inmediato; y si no lo era… también. Me giré de nuevo y di unos pasos hacia la corriente. Cuando me volví, el japonés ya no estaba allí. Se habrá ido a buscar un lugar mejor para lanzar, y sin duda lo encontrará a lo largo de la pista peatonal.

Pronto me hice una idea de cómo lanzar con aquel viento del nordés, como le llaman en la costa coruñesa: con bucles lo más rápidos y afilados posible, mejor con trayectorias descendentes. Como apenas había truchas que se cebaran en mi lado de la corriente, había que hacer lances extendidos aguas arriba. 

Las cebas no eran muchas, pero sí muy espectaculares: las truchas sacaban la boca y el lomo para tomar las efémeras que bajaban, y casi todas parecían peces grandes.

Una de ellas tomó la mosca y me enfrenté a un problema que cada día va a ser más frecuente: pasarla a través de la barrera de ranúnculos que ya llegan a la superficie. La presioné todo lo que pude para mantenerla alta, y, aunque se metió en una de las plantas, salió de allí ella sola. Era un bonito pez de 42 centímetros, en plenitud de fuerza y forma física.

Liberada esta trucha y secada la mosca, observé que los peces que se cebaban ocupaban posturas fijas y que no valía la pena hacer derivas largas con la mosca, así que estaba un rato sin lanzar, muy atento a dónde se producían las cebas, y luego intentaba posar a un par de metros aguas arriba. Por momentos había que dejar de lanzar cuando el viento arreciaba, o hacía los lances más cortos en período de ventolera y los más largos cuando casi cesaba.

Con este tejemaneje clavé la segunda trucha, un buen bicho que se revolvió en la superficie, dio un salto y picó directa hacia el ranúnculo más próximo. Allí se enredó, y se llevó la mosca como recuerdo.

Un poco más arriba se cebaban dos truchas, ambas del otro lado de la vena de la corriente. La más próxima también parecía la más pequeña, pero si le tiraba a la grande cubriría con el bajo a  ésta, y a veces las truchas engañan en el tamaño de la ceba. Así que le lancé a más cercana y la clavé al segundo o tercer lance. Efectivamente, era «pequeña»: unos cuatrocientos gramos de pez que conseguí mantener alto y pasarlo por encima de los ranúnculos, a pesar de su tenaz resistencia. Aquí no hay enemigo pequeño.

Cuando me disponía a tirarle la mosca a la trucha más alejada, otra se puso a cebarse a ocho o diez metros de mí, río arriba y por mi lado. El viento frontal me impedía estirar del todo el bajo de línea, así que fui aproximándole la mosca poco a poco hasta que cayó en el lugar donde la trucha se cebaba. La tomó de inmediato, clavé, se revolvió dos o tres veces y la mosca salió limpiamente de su boca. Por supuesto, la trucha desapareció de allí.

La trucha más lejana parecía haberse dejado caer río abajo unos cuantos metros, o podría ser otro pez. El río ya estaba subiendo, y sabía que pronto dejarían de cebarse.

Aprovechando una muy breve calma en el viento, hice un largo lance y la mosca cayó justo en la deriva de las cebas de la trucha. No la tomó en el primer lance, pero sí en el segundo. Tuve mucha suerte con ella, pues era muy fuerte y había que pasarla por la barrera de ranúnculos emergentes. Por fortuna, allí la corriente es bastante fuerte y, jugando con la fuerza del agua y acompañando al pez con una tracción lateral muy bien regulada, conseguí hacerlo pasar a mi lado de la corriente sorteando los ranúnculos. Me dirigí hacia la orilla con la trucha en la sacadora, y mientras le hacía una foto el río subió bastante. No es que yo sea lento fotografiando, es que el río subía deprisa.  Cuando me volví para mirar el agua, ya no se veía ninguna ceba.

Pasé  hasta la cabecera de la postura, pero por allí tampoco se veían moverse los peces. Decidí entonces bajar hasta la escollera de la isla. Por el camino, casi justo frente a la escalera, vi una ceba muy cerca de la orilla. Me agaché, y, con unos movimientos muy lentos, me acerqué hasta un metro y medio del agua. La trucha volvió a cebarse a unos dos o tres metros a la derecha. Permanecí arrodillado y completamente inmóvil. Quería saber cuál era su recorrido antes de poner la mosca en el agua, y para eso había que tener un poco de paciencia.

La trucha volvió a cebarse frente a mí, justo debajo de la puntera de la caña. Como no podía lanzar, recogí un poco de línea y le dejé caer la mosca a plomo, pero ella ya no estaba allí.

Seguí esperando, inmóvil, y vi que se volvía a cebar a tres metros a la derecha. Dejé pasar otro rato, cogí la mosca con la mano y, cediendo un poco de bajo de línea, hice un lance de ballesta. La mosca se posó donde se había cebado la trucha, pero no sucedió nada. Cuatro o cinco minutos después, la trucha volvió a cebarse frente a mí, debajo de la puntera de la caña, donde había estado la mosca. A pesar de las gafas polarizadas, no pude ver al pez en ningún momento porque el agua estaba un poco rizada y en sombra. 

Cuando, derrotado, di por terminado el rececho, el río había subido mucho más y ya no tenía sentido ir hasta la escollera; pero aun así fui, al menos para comprobar que allí no había ninguna actividad.

Después de dos horas de pesca, me fui para casa acordándome del japonés, de la larga espera por el pez que no acudió a la cita con mi mosca, y pensando que ya casi va a ser imposible arrimar a la sacadora un pez de un kilo y medio o dos que pique más allá de la barrera de ranúnculos. Pero lo seguiré intentando, por supuesto.

José Ramón Rodriguez Argibay

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