Truchas lejanas

 

28/04/2017


La intrépida periodista le pregunta a un ciudadano:

― Caballero, ¿usted cree en el «más allá»?

― Por supuesto. ¡Vivo en Melilla!

Las truchas de hoy también vivían «más allá» en la postura del sauce.

A las cuatro de la tarde el río estaba bajando, y como echaba de menos pescar un poco con la Harmony, metí en la bolsa los bártulos y me presenté en el río quince minutos después.

Era cierto que el río había bajado, pero… sólo un poquito. El descenso se había frenado y no podía entrar mucho en el agua. Se veían cebas en el otro lado de la corriente principal, muy lejanas en aquellas condiciones.

Metí la cámara fotográfica dentro del peto del vadeador, lo que me permitiría vadear un poco más profundo, y con mucho cuidado me fui adentrando en el río.

Primero envié a von Richthofen en misión de reconocimiento armado por mi lado de la corriente y en la misma vena. Como es una mosca muy visible y llamativa, tenía la esperanza de que atrajera la atención de alguna trucha que estuviera a medias aguas, pero después de media hora de largas derivas no conseguí mover ningún pez.

 

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Entonces llegó el momento de la verdad: con el agua al límite del vadeador, empecé a hacer lances largos en dirección al otro lado de la corriente. Tenía que girar la cabeza en todos los lances traseros porque el bajo de línea casi tocaba los árboles; por otra parte, es muy bueno mirar hacia atrás cuando se hacen estos lances porque así se comprueba que toda la línea está estirada, se inicia el delantero en el momento oportuno y el lance alcanza su máxima eficacia.

Al principio la mosca se posaba siempre a un par de metros de donde se producían las cebas, pero poco a poco fui ganando distancia a medida que encontraba fondos que me permitían avanzar un metro más.

Cuando llegué a la conclusión de que el barón rojo hoy no era atractivo para aquellas damas, lo cambié por una imitación de ignita montada con un cuerpo de vinilrib oliva claro muy estirado al calor de una bombilla, un mechoncillo de cdc, una vuelta de pluma de gallina a guisa de patas y unos cercos de la misma pluma. El vinilrib le daba al cuerpo una transparencia que en poco se diferenciaba de la de las moscas naturales. Parecía una excelente mosca, pero sólo tenía un defecto: no se veía a más de diez o doce metros porque pescaba muy placada en el agua, y yo tenía que buscar a los peces a más de veinte metros. Así que tenía que hacer el seguimiento de la lejana deriva por estima, y también clavar por estima si se producía una ceba donde debería de estar la mosca. ¿No dicen que la fe también pesca? Pues eso.

El río bajó unos pocos centímetros y pude lanzar con más confianza. Había que concentrarse mucho en la deriva de la mosca. De hecho, hubo una ceba cerca de ella y clavé en el vacío, pero como mis clavados suelen ser suaves, seguramente no espanté a ningún pez. El siguiente lance lo certificó: vi una nueva ceba en la zona por donde iba la mosca, y volví a clavar. De inmediato empezó a chapotear una trucha, a la que fui haciendo sortear los ranúnculos hasta que llegó al alcance de la sacadora. Me pareció que aquel ejemplar merecía una foto al lado de la Harmony, y me giré con la trucha en la sacadora para ir a la orilla. Levanté la vista… ¡y allí estaba el japonés, observándome sonriente!

¡Coño, este tío tiene tanta querencia como yo por la postura del sauce!

Al estar cerca de él, lo saludé y él siguió mostrándome su sonrisa oriental. Puse la trucha, la caña y la sacadora en posición para la foto, e inmortalicé al pez. Lo cogí entre las manos y se lo enseñé.

― ¡Comer! ―dijo, mientras con la mano hacía un signo que no admitía dudas.

Sí: esa es la primera palabra que yo aprendería en japonés, si estuviera de visita en su tierra.

Solté la trucha, y puso cara de sorpresa.

Le dije en castellano que aquí las truchas no se pueden matar, que hay que devolverlas vivas al agua. Sin perder la sonrisa, me demostró que no había entendido nada.

Se lo dije en un inglés un poco desastroso pero entendible. Él no se inmutó.

Le enseñé la mosca con la que había cogido la trucha, y la miró con curiosidad. Entonces tuve la brillante idea de enseñarle el tubo del flotabilizador para las moscas, que es de Tiemco ―Dry Magic, muy bueno― y trae instrucciones en japonés. Mientras él lo leía, yo vigilaba su mirada y no descubrí en ella la menor emoción. Asintió con la cabeza sin dejar de sonreír, eso fue todo.

Luego me agarré el neopreno y le dije en inglés que this is better for fishing here. Asintió con la cabeza, pero no porque hubiera entendido mi inglés, sino porque mi gesto estaba muy claro.

Me enseñó su cucharilla, con la paleta dorada y una hermosa potera de tres anzuelos. Con mímica y hablando dos idiomas, le dije que aquí sólo podía pescar con un anzuelo, no con tres. No dijo que sí ni que no; sólo permaneció su sonrisa perenne.

Le deseé suerte, y me dispuse a volver a mi postura. Él caminó por la orilla unos metros río arriba, se metió en el agua hasta las rodillas e hizo unos lances. Me tentó el diablo con hacerle unas fotos, pero no sabía cómo podría reaccionar y apliqué el principio de precaución. Igual era capaz de tirarme la cucharilla… sin dejar de sonreír. 

Volví a lo mío. El río había bajado un poco más, pero había menos cebas. Me subieron algunas truchas que no conseguí clavar, y en las corrientes de la cabecera de la postura vi dos que se cebaban a unos tres metros una de otra, en paralelo. La de mi lado parecía pequeña, y la de la derecha parecía mucho más grande. Desprecié el riesgo de  cubrir con el bajo a la pequeña y me fui a por la grande, que no le hizo caso a mi mosca. La pequeña dejó de cebarse y la grande ralentizó sus cebas, pero insistí en seguir pasándole por encima con la mosca. Hasta que subió a por ella, y la clavé.

Me quedé con la boca abierta ante el tamaño de aquella trucha: no pasaba de los 25 centímetros, pero el remolino que había hecho al tomar las moscas sugería una kilona o más. ¿A ver si la pequeña que yo desprecié era la grande de verdad? Nunca lo sabré.

El río empezó a subir rápido, y llegó el momento de marcharse de allí. Habían sido dos horas muy entretenidas y llenas de desafíos, pescando en mis límites como lanzador y bregando con las contracorrientes. Pesqué una hermosa trucha, sí; pero me llevé un bolo en mi intento de contactar con otra cultura. Otra vez será…

José Ramón Rodriguez, Argibay

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