Recuerdos



Ahí está, en la orilla somera de un pozón enorme, aparentemente a la espera de algo para el almuerzo. Es mi primera oportunidad de la jornada. Ayer por la tarde, no muy lejos de aquí, no le hacían ascos a esas gordas imitaciones de chicharra, así que he entrado al río con un monstruito de foam empatado a un terminal 4X. Con estos peces pocas bromas.

El viento azota, pero después de tantos días eso ya no es una novedad.

—¿La ha mirado?—Me pregunta Varo.

—¡Qué va! ¡Ni puto caso!

No hará ni quince minutos que él ha cogido una buena con un escarabajo de foam, más discretrito de tamaño, pero que con su indicador blanco se ve muy bien. Probemos.

Varios tiros bien presentados con el coleóptero de pega, incluso el que ha hecho pasar la mosca justo por encima de su cabeza, son recibidos con idéntico desdén.

Me decido por una ninfa, pequeña (un #18) pero con dos bolas de tungsteno. El jodido viento manda mi imitación a unos tres metros a la izquierda de lo previsto. ¡Vaya pifia!
A mi mente afloran dos pensamientos casi simultáneos: el primero, volver a presentar en cuanto pueda levantar la ninfa sin que la trucha recele. El segundo, preocupación por la inmediata reacción del pez a la caída de la mosca, pues se ha girado hacia el centro del pozo y comienza a moverse con decisión. Al siguiente instante comprendo que no se dirige hacia el agua profunda, como haría un pez asustado, sino que marcha, resuelto, con un rumbo que, ¡sorpresa!, más parece que —aunque no puedo ver la ninfa, solo intuir vagamente su posición— va a cortar su línea de deriva en algún punto de su recorrido.
Mientras todo esto pasa por mi cabeza, la trucha ha ido descendiendo el río metro a metro, hasta que tras haber recorrido unos diez desde su posición inicial veo un pequeño destello blanco en su boca a la vez que sus aletas pectorales se abren. ¡No me lo puedo creer! Levanto la caña, el agua explota; soy feliz.

La juventud y la inexperiencia nos hacen creer que la felicidad se compone de grandes capturas. Luego el tiempo pasa, y descubrimos, con asombro, que los peces que se han fijado en nuestra memoria no son necesariamente los más grandes ni los más bonitos; que lo que hace memorable una captura es la experiencia en su conjunto, y, como en un mosaico, ¿quién podría decir qué tesela es más importante que otra?


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